REFLEXIONES






Una mañana, mi padre, muy sabio, me invitó a dar un paseo en el bosque.
Él se detuvo en un claro y, después de un breve silencio, me pregunto:

“¿Además del cantar de los pájaros, estás escuchando algo más?”

Agudicé los oídos algunos segundos y le respondí:

“Estoy escuchando el ruido de una carreta.”

Eso mismo, dijo mi padre, es una carreta vacía.

Le pregunté a mi padre:

“¿Cómo puedes saber que la carreta está vacía, si aún no la vimos?”

“Presta atención”, respondió mi padre, “es muy fácil saber que una carreta está vacía por su sonido. Cuanto más vacía está la carreta, ¡mayor es el ruido que hace!”

Me volví adulto y, hasta hoy, cuando veo a una persona hablando de más, gritando (en el sentido de intimidar), tratando al prójimo de forma grosera e inoportuna, prepotencia, interrumpiendo la conversación de todo el mundo y queriendo demostrar que es la dueña de la razón y de la verdad absoluta, o sintiéndose mejor que las otras, osada, orgullosa, tengo la impresión de oír a mi padre diciendo:

“¡Cuanto más vacía la carreta, más ruido hace!”




Para meditar...


LA NIÑA DE LAS MANZANAS



Un grupo de vendedores fueron a una Convención de Ventas. Todos le habían prometido a sus esposas que llegarían a tiempo para cenar el viernes por la noche. Sin embargo, la convención terminó un poco tarde, y llegaron retrasados al aeropuerto. Entraron todos con sus boletos y portafolios, corriendo por los pasillos.
De repente, y sin quererlo, uno de los vendedores tropezó con una mesa que tenía una Canasta de Manzanas. Las manzanas salieron volando por todas partes. Sin detenerse, ni voltear para atrás, los vendedores siguieron corriendo, y apenas alcanzaron a subirse al avión. Todos menos UNO.

Este se detuvo, respiró hondo, y experimentó un sentimiento de compasión por la dueña del puesto de manzanas. Le dijo a sus amigos que siguieran sin él y le pidió a uno de ellos que al llegar llamara a su esposa y le explicara que iba a llegar en un vuelo más tarde.

Luego se regresó a la terminal y se encontró con todas las manzanas tiradas por el suelo. Su sorpresa fue enorme, al darse cuenta de que la dueña del puesto era una niña ciega. La encontró llorando, con enormes lágrimas corriendo por sus mejillas. Tanteaba el piso, tratando, en vano, de recoger las manzanas, mientras la multitud pasaba, vertiginosa, sin detenerse; sin importarle su desdicha.

El hombre se arrodilló con ella, juntó las manzanas, las metió a la canasta y le ayudó a montar el puesto nuevamente. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que muchas se habían golpeado y estaban magulladas. Las tomó y las puso en otra canasta. Cuando terminó, sacó su cartera y le dijo a la niña: "Toma, por favor, estos cien pesos por el daño que hicimos".
¿Estás bien?"
Ella, llorando, asintió con la cabeza. El continuó, diciéndole
- "Espero no haber arruinado tu día".
Conforme el vendedor empezó a alejarse, la niña le gritó:
- "Señor..."
Él se detuvo y volteó a mirar esos ojos ciegos. Ella continuó: "¿Es usted Jesús...?"
Él se paró en seco y dio varias vueltas, antes de dirigirse a abordar otro vuelo, con esa pregunta quemándole y vibrando en su alma:
"¿Es usted Jesús?"





Dios tomó forma de mendigo…

Dios tomó forma de mendigo y bajó al pueblo.  Buscó la casa del zapatero y le dijo: “Hermano, soy muy pobre, no tengo ni una moneda en la bolsa, estas son mis únicas sandalias y están rotas, si me hicieras el favor...”.
El zapatero le dijo: “Estoy cansado de que todos vengan a pedir y nadie a dar”.
El Señor le dijo: “Yo puedo darte lo que tu necesitas”.
El zapatero desconfiado, viendo a un mendigo, le preguntó: “¿Tu podrías darme el millón de dólares que yo necesito para ser feliz?”.
El Señor le dijo: “Yo puedo darte diez veces más que eso, pero a cambio de algo”.
El zapatero preguntó: “¿A cambio de qué?” 
El Señor le respondió: “A cambio... a cambio de tus piernas”.
El zapatero dijo: “Para qué quiero yo diez millones de dólares si no voy a poder caminar”.
Entonces el Señor le dijo: “Puedo darte cien millones de dólares a cambio de tus brazos”.
El zapatero dijo: “Para qué quiero yo cien millones de dólares si ni siquiera voy a poder comer solo”.
El Señor le dijo: “Bueno, entonces puedo darte mil millones de dólares a cambio de tus ojos”.
El zapatero pensó un poco y dijo: “Para que quiero yo mil millones de dólares si no voy a poder ver a mi mujer, a mis hijos, a mis amigos...”.
Entonces el Señor le dijo: “Hermano, hermano... qué fortuna tienes y no te das cuenta”.
Facundo Cabral.